viernes, 8 de julio de 2016

LA CUESTIÓN DEL BLOQUE DE DIPUTADOS Y EL PROYECTO NACIONAL


La decisión adoptada en el sentido que los diputados nacionales pertenecientes al Movimiento Evita se separen del bloque del Frente para la Victoria y constituyan uno autónomo -Peronismo para la Victoria- ha provocado ruidos políticos, en particular al interior del propio Kirchnerismo, donde hubo compañeros que discreparon con nuestra postura, dirigentes que la cuestionaron con más dureza que fundamentos y un par de jetones que optaron por el agravio desaforado. Al respecto, cabe decir ante todo, que así como reivindicamos nuestro derecho a la crítica se lo reconocemos plenamente a los demás. A quienes han argumentado honestamente, les hemos contestado con nuestros propios argumentos y siempre estaremos dispuestos a intercambiar con ellos ideas y a coincidir en acciones, porque los sabemos hermanos más allá de las posturas que unos y otros creamos que es preciso adoptar. A los que nos insultan, los dejaremos que se tranquilicen y rebobinen. El enojo, la indignación y la dureza las reservamos para los enemigos del pueblo.
Entre la falta de respeto y la responsabilidad política
Sin perjuicio de eso, sorprende la facilidad con que, a veces, algunos compañeros agreden a otros sin que importen las luchas y las banderas compartidas y sin concederse tiempo para la reflexión. El Movimiento Evita reúne una riqueza militante que pocos pueden exhibir. No se formó al calor oficial, no es una secta dogmática ni un pequeño grupúsculo oportunista al servicio del ego de algún dirigente. Es una organización política que reúne a viejos luchadores que ya lo sacrificaron todo varias veces con una multitud juvenil lúcida y abnegada. Están aquí compañeros que resistieron los dieciocho años de persecuciones y proscripción, que lucharon en los 60 y en los 70 contra el onganíato primero y contra la dictadura genocida después, que sufrieron cárcel, tortura y ostracismo. Intelectuales valiosos, jóvenes universitarios, dirigentes barriales, atentos a los problemas de la sociedad, de la educación, de la economía, del desarrollo regional, de los derechos de las minorías, de la violencia institucional y de género, pero sobre todo, todos ellos, férreamente unidos por un común denominador consistente en la lucha contra la desigualdad, la marginación, la pobreza y la exclusión que constituyen el núcleo central de los problemas de nuestro tiempo. Por eso, si bien todos tienen lugar en nuestras filas, lo cierto es que el Evita hunde sus raíces más profundas en lo más hondo de la estructura social y levanta en alto, por encima de todas, la bandera de la solidaridad, la inclusión y la justicia social, así como también es un hecho que la mayoría de sus miembros proviene de ese subsuelo ultrajado y doliente. Es por esa historia y por la composición social que describimos que nos consideramos merecedores del respeto que dispensamos a todas las organizaciones del campo popular. Y cuando ese respeto nos falta no nos asusta, ni nos irrita, ni nos ofende. Sólo nos entristece, porque pensamos cuanto les falta madurar para que el movimiento nacional y popular pueda contar con ellos plenamente. De todos modos, los esperaremos hasta el reencuentro, con el mismo espíritu fraternal.
Emilio Pérsico, el Chino Navarro, Jorge Taiana, Leo Grosso, Silvia Horne y muchos otros compañeros han explicado ya, con amplitud, la decisión tomada. Nuestros diputados no rompieron el Bloque, porque ya estaba roto. Algunos disimularán por un tiempo más su decisión, otros esperarán momentos que parezcan más oportunos, otros se fueron antes, pero el Bloque está roto y no por culpa del Movimiento Evita.
En nuestro caso, tomamos esa decisión con el convencimiento de que tenemos el deber de aportar todo lo que esté a nuestro alcance para que el movimiento nacional y popular recobre la claridad de su conciencia política, la certeza acerca de sus objetivos y la capacidad para reconstruir las expresiones orgánicas que lo expresen en el campo de la acción política y la conducción que las dirija. Esas necesidades rigen también respecto del accionar legislativo y no serían adecuadamente servidas si persistiéramos en un amontonamiento forzado donde están ausentes la confianza recíproca, la coherencia política y la posibilidad de ejercitar útilmente la libertad crítica (y especialmente autocrítica) a la que un representante del pueblo no puede renunciar.
Nosotros no nos vamos del Proyecto, sino de una formalidad parlamentaria que hoy, en lo esencial, no le es útil. Pero quedamos al servicio de la unidad peronista y del campo popular, entendiendo que está en el ADN del peronismo ser el instrumento de las masas populares argentinas para cambiar la realidad y la historia en beneficio del imperio de la justicia social y de la consolidación definitiva de la nación en el marco de la integración con los pueblos hermanos de América Latina. Será eso o no será nada y nosotros, estemos donde estemos, nos consagraremos al logro de ese objetivo y de aquella unidad que sirva efectivamente para concretarlo. Ni nos vamos del Proyecto ni, mucho menos, renunciamos a concretarlo.
Los doce años de Néstor y Cristina
Reivindicamos la validez de lo hecho en el transcurso de los últimos doce años, en tanto se desarrolló una política firmemente orientada hacia la extensión y ampliación de derechos, al procesamiento y castigo de los responsables del terrorismo de estado, a la recuperación del rol del estado como promotor del desarrollo y garante de la equidad social, a la recuperación de los instrumentos indispensables para desempeñar ese rol con eficiencia (sistema previsional, YPF, AA, AySA, etc.), a la redistribución de la riqueza mediante el funcionamiento pleno de los institutos colectivos del sistema de relaciones laborales, a la asistencia a los sectores más vulnerables de la sociedad incluyendo la flexibilización del régimen jubilatorio, a la integración efectiva con los países hermanos y, en general, a crear las condiciones propicias para volver a creer que la liberación social y nacional son posibles.
Valorar los doce años conlleva el reconocimiento al liderazgo que ejercieron durante ese lapso Néstor y Cristina Kirchner. Cristina sigue siendo hoy la personalidad política más relevante de nuestro país y será siempre un símbolo de los ideales de nuestro pueblo. Merece y tiene nuestra gratitud, nuestro cariño y nuestra absoluta solidaridad frente a la campaña persecutoria desatada contra ella. Pero ha decidido no ejercer la conducción política activa y efectiva y nosotros somos respetuosos de sus determinaciones y del rol que se ha reservado.
No ignoramos todo lo que falta, lo que no se hizo, lo que fue insuficiente y lo que se hizo mal. Pero tenemos la certeza absoluta de que la feroz ofensiva desatada por el nuevo oficialismo y por el oligopolio mediático tiene que ver con nuestros aciertos y no con nuestros errores. Y está dirigida, más que a destruir al kirchnerismo, a desacreditar la política como herramienta principal en las manos del pueblo para labrar su destino.
Corrupción y militancia popular
Nosotros, en cambio, rescatamos la política como actividad superior de la sociedad humana, porque conduce a valorar el interés general antes que los particulares, la solidaridad antes que el individualismo egoísta, la justicia antes que la fuerza, la realización colectiva antes que el éxito personal, el desarrollo sustentable al servicio de la vida antes que el deterioro planetario impulsado por la codicia ilimitada y porque nos alienta a creer en la posibilidad cierta de construir una sociedad nueva, libre, democrática y justa que permita, a cada hombre y a cada mujer, vivir con la dignidad que exige su condición humana y erguirse en la plenitud de su estatura. Y porque la valoramos repudiamos a quienes la contaminan con conductas incompatibles con las que se esperan de un militante popular. No son militantes populares, no pueden serlo, quienes incurren en actos de corrupción y, por lo tanto, no tienen cabida en nuestras filas, además de merecer el castigo que legalmente les corresponda. Es por eso que estimamos necesario recordar que los fueros existen para proteger a los representantes del pueblo frente al despotismo y a la violencia de los poderosos, para garantizar el ejercicio irrestricto de sus funciones y de sus derechos, pero no para encubrir actos de corrupción. Los representantes del pueblo no podemos tener nada que ocultar y es por eso que nuestros legisladores jamás eludirán una investigación fundada y sustanciada con arreglo al marco jurídico que es propio de un estado de derecho. Los que representamos los intereses y anhelos populares podemos cometer errores, equivocar diagnósticos y obrar ineficazmente y el pueblo nos juzgará cuando vote. Pero no podemos incurrir en debilidad moral.
Sin perjuicio de los avances producidos en nuestro País en los últimos años,vivimos en una sociedad profundamente injusta, excluyente y violenta a la que y queremos cambiar. Esa sociedad, fruto del capitalismo financiarizado y de las políticas neoliberales, estimula el consumismo irracional, la usura, el crimen organizado, la banalización de la pobreza, la marginación de los pobres, la profundización de la desigualdad y la destrucción del medio ambiente. Este régimen es estructuralmente corrupto y propaga corrupción. Por eso queremos transformarlo, pero también por eso nuestra lucha es incompatible con todo acto de corrupción.
El gobierno actual, sin perjuicio de la intencionalidad personal de quienes lo integran, es objetivamente un factor de restauración de las políticas neoliberales y, por lo tanto, está llamado a provocar una grave y peligrosa regresión social. Nuestro deber es combatirlo. Es por ello que nuestros diputados nacionales han ratificado nuestra condición opositora y nuestra voluntad de obrar como opositores en el marco de las instituciones democráticas, con todos los medios que la democracia nos brinda. Y es también por eso que, en tanto militantes, proclamamos la resistencia al retroceso pretendido, comprometiendo nuestra presencia activa en el conflicto social que con fría premeditación se está provocando.
Los trabajadores de la economía popular y el ejercicio de su representación
Otro aspecto que fue motivo de censura refiere a encuentros producidos entre miembros del Movimiento Evita y funcionarios gubernamentales, con motivo de asuntos de interés para cooperativas formadas por trabajadores de la economía popular. Esas críticas obligan a recordar que aquellas modalidades que señalamos como distintivas de nuestra organización, determinan que muchos de sus militantes desarrollen una actividad intensa en las organizaciones que representan al nuevo proletariado, a los trabajadores de la exclusión y la informalidad, a los que generan su propio trabajo, a los trabajadores sin patrón. Esas organizaciones confluyen, en su mayoría, en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular y muchos de los dirigentes de la CTEP forman parte del Movimiento Evita. Esto es así del mismo modo que la inmensa mayoría de los dirigentes del movimiento sindical de los trabajadores en relación de dependencia, desde la década del 40’ del siglo pasado, son peronistas. Y así como esos dirigentes no dejaron de cumplir con sus responsabilidades sindicales en los períodos en que no gobernó el peronismo, los dirigentes de la CTEP no dejarán de ejercer la defensa de los intereses de sus representados porque gobierne Macri.
Por el contrario, están y estarán presentes en todos los conflictos y se bancan y se bancarán sus consecuencias, como lo hacen a diario, gobierne quien gobierne. Y deberán verse con ministros, funcionarios y organizaciones empresariales, gobierne quien gobierne, cuando se trate de lograr el reconocimiento pleno de su organización, resolver los problemas de las cooperativas, acudir en ayuda de las empresas recuperadas, proteger a los trabajadores de la vía pública, lograr la obra social que les asegure cobertura médica efectiva y sostener cuanta reivindicación corresponda al sector social más desamparado y expuesto del país. Los que creen que esas gestiones, que obligan a mantener entrevistas y reuniones como cualquier representante sindical, configuran traición, sólo manifiestan su ignorancia, su falta de comprensión de los problemas que debemos enfrentar si en verdad queremos concretar el Proyecto y, en el fondo, su falta de solidaridad real para con los proletarios de la exclusión. Y también revelan, en definitiva, que no han logrado mensurar la importancia de lo que todavía faltaba hacer cuando perdimos el gobierno, lo que explica que desestimen la necesidad de la autocrítica aún pendiente.
El compromiso principal es con el pueblo y apunta al futuro
Es necesario entender que servir al Proyecto es, ante todo, trabajar para convertirlo en realidad. La mera reivindicación del pasado inmediato es insuficiente. Primero porque, pese a todo cuanto avanzamos, fuimos derrotados por la derecha mediante el voto ciudadano en un proceso democrático. Eso sólo -que carece de antecedentes en la historia argentina- indica que lo que falta, lo que no se hizo, se hizo insuficientemente o se hizo mal, fue demasiado.
Lo que señala la insoslayable obligación de elaborar las propuestas, las políticas públicas imprescindibles para que, cuando recuperemos el gobierno, realmente podamos cambiar la realidad. Es decir, lograr un desarrollo que sea compatible con políticas sociales de nueva generación y suficiente para sustentar una sociedad inclusiva e igualitaria, en la que la felicidad no sea un privilegio de ricos sino una posibilidad cierta de todos. Un desarrollo sustentable que no esté expuesto, como históricamente ha ocurrido, a las restricciones del sector externo de la economía. Un desarrollo virtuoso, que contribuya a preservar el medioambiente en vez de destruirlo. Un desarrollo que forme parte del progreso de una América Latina integrada y unida.
La posibilidad de imaginar una nueva etapa exitosa del Proyecto Nacional y Popular exige una nueva visión de la realidad. Es preciso entender que la sociedad ha cambiado y que los problemas de los pueblos, en el siglo XXI, son distintos. Es decir, la lógica tradicional del capitalismo, la que construyó la sociedad industrial, generó la “cuestión social” que enlutó a los trabajadores durante dos siglos -la explotación despiadada- y en algún momento admitió formar parte de una respuesta plausible como lo fue el estado de bienestar, ya no rige. El capitalismo actual, globalizado, desregulado en escala universal y conducido por los tenedores de activos financieros y no ya por los dueños de las fábricas, ha impuesto otra lógica. La de los mercados segmentados, fluidos, flexibles, mutantes, que no son compatibles con una organización del trabajo con empleo estable y regulada por normas protectoras y que, por lo tanto, tiende a precarizarlo todo. Y la de la innovación tecnológica incesante que suprime puestos de trabajo y torna crecientemente innecesaria a una gran parte de la mano de obra disponible.
La nueva cuestión social se centra en la crisis del empleo, en la exclusión de una nueva franja social impulsada hacia los márgenes de la sociedad y condenada a vivir en la informalidad, a inventar su propio trabajo, sin patrón y sin tutela legal. Esta transformación y la incapacidad de los sectores progresistas para entenderla y enfrentarla con propuestas alternativas eficientes explica el drama social del mundo contemporáneo. Y quizá también contribuya a explicar porqué gano las elecciones en la Argentina una derecha adversa a los inter-eses mayoritarios. Los problemas del siglo XXI deben afrontarse con una visión propia del siglo XXI y no con recetas surgidas de una realidad que ya no es.
Por eso es que nuestro compromiso con el Proyecto reivindica el pasado pero está consagrado al futuro. Lo que implica, como objetivo inmediato, reconstruir la fuerza política capaz de edificar ese futuro. Basada en un peronismo que vuelva a ser capaz de torcer la marcha de la historia, como lo hizo el primer peronismo. Consciente de que sin ese instrumento no hay redención posible para nuestro pueblo, pero también de que el peronismo sólo no basta y que es imprescindible ratificar con la mayor amplitud la vocación frentista que el peronismo siempre tuvo. Y dotada de una conducción eficiente, de ejercicio constante, respetuosa de las bases, capaz de interactuar con la organización territorial, con el sindicalismo y con los movimientos sociales, de incorporar a las capas medias librando la batalla cultural necesaria para que cobren conciencia de sus propios intereses y no miren la realidad con la óptica de sus explotadores y de organizar a las grandes mayorías populares para que nunca más un gobierno opuesto a sus intereses y a sus anhelos pueda regir los destinos del país por voluntad ciudadana, como una suerte de oxímoron histórico.
Al servicio de esa construcción están el Movimiento Evita y los diputados nacionales del Movimiento Evita.
La decisión adoptada en el sentido que los diputados nacionales pertenecientes al Movimiento Evita se separen del bloque del Frente para la Victoria y constituyan uno autónomo -Peronismo para la Victoria- ha provocado ruidos políticos, en particular al interior del propio Kirchnerismo, donde hubo compañeros que discreparon con nuestra postura, dirigentes que la cuestionaron con más dureza que fundamentos y un par de jetones que optaron por el agravio desaforado. Al respecto, cabe decir ante todo, que así como reivindicamos nuestro derecho a la crítica se lo reconocemos plenamente a los demás. A quienes han argumentado honestamente, les hemos contestado con nuestros propios argumentos y siempre estaremos dispuestos a intercambiar con ellos ideas y a coincidir en acciones, porque los sabemos hermanos más allá de las posturas que unos y otros creamos que es preciso adoptar. A los que nos insultan, los dejaremos que se tranquilicen y rebobinen. El enojo, la indignación y la dureza las reservamos para los enemigos del pueblo.
Entre la falta de respeto y la responsabilidad política
Sin perjuicio de eso, sorprende la facilidad con que, a veces, algunos compañeros agreden a otros sin que importen las luchas y las banderas compartidas y sin concederse tiempo para la reflexión. El Movimiento Evita reúne una riqueza militante que pocos pueden exhibir. No se formó al calor oficial, no es una secta dogmática ni un pequeño grupúsculo oportunista al servicio del ego de algún dirigente. Es una organización política que reúne a viejos luchadores que ya lo sacrificaron todo varias veces con una multitud juvenil lúcida y abnegada. Están aquí compañeros que resistieron los dieciocho años de persecuciones y proscripción, que lucharon en los 60 y en los 70 contra el onganíato primero y contra la dictadura genocida después, que sufrieron cárcel, tortura y ostracismo. Intelectuales valiosos, jóvenes universitarios, dirigentes barriales, atentos a los problemas de la sociedad, de la educación, de la economía, del desarrollo regional, de los derechos de las minorías, de la violencia institucional y de género, pero sobre todo, todos ellos, férreamente unidos por un común denominador consistente en la lucha contra la desigualdad, la marginación, la pobreza y la exclusión que constituyen el núcleo central de los problemas de nuestro tiempo. Por eso, si bien todos tienen lugar en nuestras filas, lo cierto es que el Evita hunde sus raíces más profundas en lo más hondo de la estructura social y levanta en alto, por encima de todas, la bandera de la solidaridad, la inclusión y la justicia social, así como también es un hecho que la mayoría de sus miembros proviene de ese subsuelo ultrajado y doliente. Es por esa historia y por la composición social que describimos que nos consideramos merecedores del respeto que dispensamos a todas las organizaciones del campo popular. Y cuando ese respeto nos falta no nos asusta, ni nos irrita, ni nos ofende. Sólo nos entristece, porque pensamos cuanto les falta madurar para que el movimiento nacional y popular pueda contar con ellos plenamente. De todos modos, los esperaremos hasta el reencuentro, con el mismo espíritu fraternal.
Emilio Pérsico, el Chino Navarro, Jorge Taiana, Leo Grosso, Silvia Horne y muchos otros compañeros han explicado ya, con amplitud, la decisión tomada. Nuestros diputados no rompieron el Bloque, porque ya estaba roto. Algunos disimularán por un tiempo más su decisión, otros esperarán momentos que parezcan más oportunos, otros se fueron antes, pero el Bloque está roto y no por culpa del Movimiento Evita.
En nuestro caso, tomamos esa decisión con el convencimiento de que tenemos el deber de aportar todo lo que esté a nuestro alcance para que el movimiento nacional y popular recobre la claridad de su conciencia política, la certeza acerca de sus objetivos y la capacidad para reconstruir las expresiones orgánicas que lo expresen en el campo de la acción política y la conducción que las dirija. Esas necesidades rigen también respecto del accionar legislativo y no serían adecuadamente servidas si persistiéramos en un amontonamiento forzado donde están ausentes la confianza recíproca, la coherencia política y la posibilidad de ejercitar útilmente la libertad crítica (y especialmente autocrítica) a la que un representante del pueblo no puede renunciar.
Nosotros no nos vamos del Proyecto, sino de una formalidad parlamentaria que hoy, en lo esencial, no le es útil. Pero quedamos al servicio de la unidad peronista y del campo popular, entendiendo que está en el ADN del peronismo ser el instrumento de las masas populares argentinas para cambiar la realidad y la historia en beneficio del imperio de la justicia social y de la consolidación definitiva de la nación en el marco de la integración con los pueblos hermanos de América Latina. Será eso o no será nada y nosotros, estemos donde estemos, nos consagraremos al logro de ese objetivo y de aquella unidad que sirva efectivamente para concretarlo. Ni nos vamos del Proyecto ni, mucho menos, renunciamos a concretarlo.
Los doce años de Néstor y Cristina
Reivindicamos la validez de lo hecho en el transcurso de los últimos doce años, en tanto se desarrolló una política firmemente orientada hacia la extensión y ampliación de derechos, al procesamiento y castigo de los responsables del terrorismo de estado, a la recuperación del rol del estado como promotor del desarrollo y garante de la equidad social, a la recuperación de los instrumentos indispensables para desempeñar ese rol con eficiencia (sistema previsional, YPF, AA, AySA, etc.), a la redistribución de la riqueza mediante el funcionamiento pleno de los institutos colectivos del sistema de relaciones laborales, a la asistencia a los sectores más vulnerables de la sociedad incluyendo la flexibilización del régimen jubilatorio, a la integración efectiva con los países hermanos y, en general, a crear las condiciones propicias para volver a creer que la liberación social y nacional son posibles.
Valorar los doce años conlleva el reconocimiento al liderazgo que ejercieron durante ese lapso Néstor y Cristina Kirchner. Cristina sigue siendo hoy la personalidad política más relevante de nuestro país y será siempre un símbolo de los ideales de nuestro pueblo. Merece y tiene nuestra gratitud, nuestro cariño y nuestra absoluta solidaridad frente a la campaña persecutoria desatada contra ella. Pero ha decidido no ejercer la conducción política activa y efectiva y nosotros somos respetuosos de sus determinaciones y del rol que se ha reservado.
No ignoramos todo lo que falta, lo que no se hizo, lo que fue insuficiente y lo que se hizo mal. Pero tenemos la certeza absoluta de que la feroz ofensiva desatada por el nuevo oficialismo y por el oligopolio mediático tiene que ver con nuestros aciertos y no con nuestros errores. Y está dirigida, más que a destruir al kirchnerismo, a desacreditar la política como herramienta principal en las manos del pueblo para labrar su destino.
Corrupción y militancia popular
Nosotros, en cambio, rescatamos la política como actividad superior de la sociedad humana, porque conduce a valorar el interés general antes que los particulares, la solidaridad antes que el individualismo egoísta, la justicia antes que la fuerza, la realización colectiva antes que el éxito personal, el desarrollo sustentable al servicio de la vida antes que el deterioro planetario impulsado por la codicia ilimitada y porque nos alienta a creer en la posibilidad cierta de construir una sociedad nueva, libre, democrática y justa que permita, a cada hombre y a cada mujer, vivir con la dignidad que exige su condición humana y erguirse en la plenitud de su estatura. Y porque la valoramos repudiamos a quienes la contaminan con conductas incompatibles con las que se esperan de un militante popular. No son militantes populares, no pueden serlo, quienes incurren en actos de corrupción y, por lo tanto, no tienen cabida en nuestras filas, además de merecer el castigo que legalmente les corresponda. Es por eso que estimamos necesario recordar que los fueros existen para proteger a los representantes del pueblo frente al despotismo y a la violencia de los poderosos, para garantizar el ejercicio irrestricto de sus funciones y de sus derechos, pero no para encubrir actos de corrupción. Los representantes del pueblo no podemos tener nada que ocultar y es por eso que nuestros legisladores jamás eludirán una investigación fundada y sustanciada con arreglo al marco jurídico que es propio de un estado de derecho. Los que representamos los intereses y anhelos populares podemos cometer errores, equivocar diagnósticos y obrar ineficazmente y el pueblo nos juzgará cuando vote. Pero no podemos incurrir en debilidad moral.
Sin perjuicio de los avances producidos en nuestro País en los últimos años,vivimos en una sociedad profundamente injusta, excluyente y violenta a la que y queremos cambiar. Esa sociedad, fruto del capitalismo financiarizado y de las políticas neoliberales, estimula el consumismo irracional, la usura, el crimen organizado, la banalización de la pobreza, la marginación de los pobres, la profundización de la desigualdad y la destrucción del medio ambiente. Este régimen es estructuralmente corrupto y propaga corrupción. Por eso queremos transformarlo, pero también por eso nuestra lucha es incompatible con todo acto de corrupción.
El gobierno actual, sin perjuicio de la intencionalidad personal de quienes lo integran, es objetivamente un factor de restauración de las políticas neoliberales y, por lo tanto, está llamado a provocar una grave y peligrosa regresión social. Nuestro deber es combatirlo. Es por ello que nuestros diputados nacionales han ratificado nuestra condición opositora y nuestra voluntad de obrar como opositores en el marco de las instituciones democráticas, con todos los medios que la democracia nos brinda. Y es también por eso que, en tanto militantes, proclamamos la resistencia al retroceso pretendido, comprometiendo nuestra presencia activa en el conflicto social que con fría premeditación se está provocando.
Los trabajadores de la economía popular y el ejercicio de su representación
Otro aspecto que fue motivo de censura refiere a encuentros producidos entre miembros del Movimiento Evita y funcionarios gubernamentales, con motivo de asuntos de interés para cooperativas formadas por trabajadores de la economía popular. Esas críticas obligan a recordar que aquellas modalidades que señalamos como distintivas de nuestra organización, determinan que muchos de sus militantes desarrollen una actividad intensa en las organizaciones que representan al nuevo proletariado, a los trabajadores de la exclusión y la informalidad, a los que generan su propio trabajo, a los trabajadores sin patrón. Esas organizaciones confluyen, en su mayoría, en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular y muchos de los dirigentes de la CTEP forman parte del Movimiento Evita. Esto es así del mismo modo que la inmensa mayoría de los dirigentes del movimiento sindical de los trabajadores en relación de dependencia, desde la década del 40’ del siglo pasado, son peronistas. Y así como esos dirigentes no dejaron de cumplir con sus responsabilidades sindicales en los períodos en que no gobernó el peronismo, los dirigentes de la CTEP no dejarán de ejercer la defensa de los intereses de sus representados porque gobierne Macri.
Por el contrario, están y estarán presentes en todos los conflictos y se bancan y se bancarán sus consecuencias, como lo hacen a diario, gobierne quien gobierne. Y deberán verse con ministros, funcionarios y organizaciones empresariales, gobierne quien gobierne, cuando se trate de lograr el reconocimiento pleno de su organización, resolver los problemas de las cooperativas, acudir en ayuda de las empresas recuperadas, proteger a los trabajadores de la vía pública, lograr la obra social que les asegure cobertura médica efectiva y sostener cuanta reivindicación corresponda al sector social más desamparado y expuesto del país. Los que creen que esas gestiones, que obligan a mantener entrevistas y reuniones como cualquier representante sindical, configuran traición, sólo manifiestan su ignorancia, su falta de comprensión de los problemas que debemos enfrentar si en verdad queremos concretar el Proyecto y, en el fondo, su falta de solidaridad real para con los proletarios de la exclusión. Y también revelan, en definitiva, que no han logrado mensurar la importancia de lo que todavía faltaba hacer cuando perdimos el gobierno, lo que explica que desestimen la necesidad de la autocrítica aún pendiente.
El compromiso principal es con el pueblo y apunta al futuro
Es necesario entender que servir al Proyecto es, ante todo, trabajar para convertirlo en realidad. La mera reivindicación del pasado inmediato es insuficiente. Primero porque, pese a todo cuanto avanzamos, fuimos derrotados por la derecha mediante el voto ciudadano en un proceso democrático. Eso sólo -que carece de antecedentes en la historia argentina- indica que lo que falta, lo que no se hizo, se hizo insuficientemente o se hizo mal, fue demasiado.
Lo que señala la insoslayable obligación de elaborar las propuestas, las políticas públicas imprescindibles para que, cuando recuperemos el gobierno, realmente podamos cambiar la realidad. Es decir, lograr un desarrollo que sea compatible con políticas sociales de nueva generación y suficiente para sustentar una sociedad inclusiva e igualitaria, en la que la felicidad no sea un privilegio de ricos sino una posibilidad cierta de todos. Un desarrollo sustentable que no esté expuesto, como históricamente ha ocurrido, a las restricciones del sector externo de la economía. Un desarrollo virtuoso, que contribuya a preservar el medioambiente en vez de destruirlo. Un desarrollo que forme parte del progreso de una América Latina integrada y unida.
La posibilidad de imaginar una nueva etapa exitosa del Proyecto Nacional y Popular exige una nueva visión de la realidad. Es preciso entender que la sociedad ha cambiado y que los problemas de los pueblos, en el siglo XXI, son distintos. Es decir, la lógica tradicional del capitalismo, la que construyó la sociedad industrial, generó la “cuestión social” que enlutó a los trabajadores durante dos siglos -la explotación despiadada- y en algún momento admitió formar parte de una respuesta plausible como lo fue el estado de bienestar, ya no rige. El capitalismo actual, globalizado, desregulado en escala universal y conducido por los tenedores de activos financieros y no ya por los dueños de las fábricas, ha impuesto otra lógica. La de los mercados segmentados, fluidos, flexibles, mutantes, que no son compatibles con una organización del trabajo con empleo estable y regulada por normas protectoras y que, por lo tanto, tiende a precarizarlo todo. Y la de la innovación tecnológica incesante que suprime puestos de trabajo y torna crecientemente innecesaria a una gran parte de la mano de obra disponible.
La nueva cuestión social se centra en la crisis del empleo, en la exclusión de una nueva franja social impulsada hacia los márgenes de la sociedad y condenada a vivir en la informalidad, a inventar su propio trabajo, sin patrón y sin tutela legal. Esta transformación y la incapacidad de los sectores progresistas para entenderla y enfrentarla con propuestas alternativas eficientes explica el drama social del mundo contemporáneo. Y quizá también contribuya a explicar porqué gano las elecciones en la Argentina una derecha adversa a los inter-eses mayoritarios. Los problemas del siglo XXI deben afrontarse con una visión propia del siglo XXI y no con recetas surgidas de una realidad que ya no es.
Por eso es que nuestro compromiso con el Proyecto reivindica el pasado pero está consagrado al futuro. Lo que implica, como objetivo inmediato, reconstruir la fuerza política capaz de edificar ese futuro. Basada en un peronismo que vuelva a ser capaz de torcer la marcha de la historia, como lo hizo el primer peronismo. Consciente de que sin ese instrumento no hay redención posible para nuestro pueblo, pero también de que el peronismo sólo no basta y que es imprescindible ratificar con la mayor amplitud la vocación frentista que el peronismo siempre tuvo. Y dotada de una conducción eficiente, de ejercicio constante, respetuosa de las bases, capaz de interactuar con la organización territorial, con el sindicalismo y con los movimientos sociales, de incorporar a las capas medias librando la batalla cultural necesaria para que cobren conciencia de sus propios intereses y no miren la realidad con la óptica de sus explotadores y de organizar a las grandes mayorías populares para que nunca más un gobierno opuesto a sus intereses y a sus anhelos pueda regir los destinos del país por voluntad ciudadana, como una suerte de oxímoron histórico.
Al servicio de esa construcción están el Movimiento Evita y los diputados nacionales del Movimiento Evita.