lunes, 12 de mayo de 2008

En los edificios de mi barrio hay fantasmas

por Claudio Daniel Boada
En los edificios de mi barrio hay fantasmas. Fantasmas que caminan por el terreno y se introducen subrepticiamente en las mentes de las personas. No, no te preocupes; estos fantasmas no generan miedo, no hacen daño y tampoco afectan a los niños. Aunque –para decir verdad- conocí algunos que percibía estos fantasmas. Eran esos chicos que se sentaban en el piso a escuchar las historias que les contaban sus abuelos.
Estos fantasmas son como recuerdos, fantasías, imaginación que vuela y aterriza en otros tiempos. Pero no creas que de hace muchos años, hay recuerdos viejos y nuevos (realmente de hace muy poco).
¿Que no me hago entender? Bueno, te cuento. Un fantasma volando se introdujo en mi mente. Yo caminaba a la vuelta de mi casa -en un septiembre creo- y sentí un olor que me llenó. Un olor a azares maravilloso y el fantasma del San Miguel de mi infancia me invadió. Recordé los cientos de naranjos que se habían plantado en las veredas de todo el barrio, de sus naranjas amargas (algunos supuestos entendidos decían que eran plantas sin injertos), de algunas abuelas que nos hacían juntar las frutas para hacer dulces (que nunca probé) y de lo más importante: del juego de todos los días.
Patear las naranjas, tirársela por la cabeza al amigo o cuando -pasados los años- asfaltaron y empezó a circular el 182, nuestra competencia favorita: hacerlas correr por el pavimento al paso del colectivo para ver cuál era la que pisaba. Mis hermanos, Beto, el otro Claudio; todos caímos cautivados por el mismo juego.
También un recuerdo mucho más amargo que las mismas naranjas. Un año la Muni decidió venderle las frutas a una empresa que supuestamente fabricó mermeladas con ellas. Una mañana vimos los camiones que se las llevaban y sin poder reaccionar los chicos del barrio las perdimos. Creo que debo decir verdad. Nos robaron esa primavera y ese verano. Fue el peor de toda mi infancia: días de lluvia, tormentas, encerrados en nuestras casas; no pudimos correr, no pudimos ir a la canchita, no pudimos hacer nada, nos faltaban las naranjas.
Y ese fantasma se retiró de mi mente cuando llegué a la puerta de mi casa y busqué la llave, o cuando me saludó un vecino, o por cualquier otra circunstancia intrascendente, se fue.
Volviendo a los edificios del barrio ¿ahora me entendés? ¿No ves los fantasmas en alguno de ellos?
En algunos hay fantasmas que son personas de traje que estacionan el vehículo luego de un día de trabajo; de esta misma persona con cara feliz junto a su esposa, cargando en el coche a sus hijitos camino al club en el fin de semana; del cuidador del estacionamiento sentado en el portón en un banquito petiso, tomando mate y saludando a los vecinos. De un estacionamiento que ya no está.
Ahora hay un edificio altísimo, que sólo tiene una cochera cada tres o cuatro departamentos. Cuando caminando por el barrio veo a ese hombre de traje –o tal vez otro- dando vueltas -buscando donde estacionar- se me aparece ese fantasma. Miro el edificio y lo veo a don Luis –el encargado del estacionamiento- en la puerta, tomando mate justo allí donde hay una columna de hormigón.
También hay fantasmas con pantaloncito corto, medias y camisetas de fútbol. Llenos de expectativa y emoción. Es que no todos los días los papis llevaban a los chicos a probarse para entrar en Chacarita a la canchita de Martínez y Santos Dumont. Hoy desde el 168 se ve claramente a los obreros clavando las tablas y hormigonando cada piso.
Mi hermano mayor (siempre con locuras a cuestas: un telescopio o huesos de no se qué era prehistórica) anda recolectando fantasmas, anda recolectando recuerdos e ilusiones. Es que en el San Miguel de los naranjos que te conté, la Municipalidad decidió autorizar la construcción de unos ¿setenta? edificios en un barrio de chalets y casas bajas. Y se andan reuniendo los vecinos en una asociación de ecologistas o algo así.
¿Y nosotros que hacemos? Si sólo miramos la tele un día saldremos de nuestras casas y sólo encontraremos fantasmas en medio de una realidad totalmente distinta.