lunes, 12 de mayo de 2008

El viajar, ¿es un placer?


por Pablo Failde

El actual sistema de Transporte Público Automotor no logra satisfacer las demandas presentes en una época en la que hemos dado -prácticamente- un salto cualitativo con relación al modelo de mediados del siglo XX en el que todavía basan su funcionamiento los colectivos.
El sistema que padecemos los porteños se sustenta en una concepción donde la oferta de transporte apenas se limita a atender la demanda cuantitativa, se ofrece al público "tal como es" para que aquel que pueda lo use y deja sin respuesta a quien por alguna razón no pueda acceder o no le resulte útil o seguro.
Una concepción que no contempla desde hace décadas la contrastación de la capacidad y calidad que se está ofreciendo, con las necesidades y derechos de los usuarios que se van redefiniendo a lo largo de los años. Una forma de prestar servicio que deja en último lugar los intereses de la población anteponiendo los del propio estado, los del sector empresario y los gremiales.
Hay otras demandas de las personas, además de la presión numérica por trasladarse. Demandas legítimas que comparten, con la posibilidad de transportarse, la categoría de derechos ciudadanos. Hace décadas que se desoyen los reclamos mientras se profundizan las carencias del sistema.
La gente con dificultades para movilizarse -que conforma un universo enormemente más amplio que el delimitado por el concepto de "discapacidad"- encuentra muchas veces en los colectivos barreras infranqueables. Otras veces el uso implica poner en riesgo su seguridad personal.
La falta de colectivos accesibles para todos plantea una exclusión injustificable.
Tenemos derecho a un ambiente sano y el transporte público automotor es uno de los principales agentes de contaminación del aire y uno de los principales responsables de la contaminación acústica.
Desde la época en que se fue desarrollando la modalidad colectiva de transportarse, ha habido un impresionante avance teconológico que, entre otras cosas, nos ha permitido descubrir cómo muchas de nuestras acciones dañan el medio ambiente. También desde ese punto de vista podemos hablar del colapso. Hoy sabemos que los colectivos son grandes generadores de polución. No podemos pensar más soluciones de transporte que terminen agravando otros problemas.
Creo oportuno recordar que estamos subsidiando la forma de hacer las cosas que nos llevó a esta situación de deterioro. Se ha puesto en marcha una fórmula perversa: cuanto peor está el Transporte Automotor más subsidios necesita.
Frente a un sistema colapsado se plantea, entonces, una encrucijada: seguir diseñando parches para prolongar la sobrevida de un transporte obsoleto o -con una mirada profundamente crítica, creativa e inclusiva- pensar qué sistema de transporte necesitamos los porteños.
El descenso en la calidad de los servicios se va plasmado en algunas cifras. Mientras que la cantidad de pasajeros transportado se incrementó en un 20%, la cantidad de colectivos en circulación descendió un 8%. Los colectivos tienen una edad promedio de 8,3 años mientras que en 1997 ese valor era de 4,9 años. Los beneficios de estas modificaciones tienen un destino más que claro, la desinversión es ganancia para los accionistas. Todo lo que no se vuelca en más unidades, mejoras en el equipamiento y calidad de los servicios halla destino en las cuentas bancarias de dueños y funcionarios.
Sin embargo el transporte público cuenta con un gran beneficio con respecto a otras empresas, está fuertemente subvencionado.
En el primer semestre del año, el Secretario de Transporte Ricardo Jaime desembolsó 1028 millones de pesos en concepto de subsidios, además de los 1000 millones por año que cuesta el subsidio al gasoil. Esto significa que el estado complementa el boleto de cada pasajero con 85 centavos además de lo que recauda la empresa. El gasoil tiene un costo final de 42 centavos por litro. Este subsidio tiene por fin solventar mejoras y dar la posibilidad a las empresas de mejorar el servicio. Mientras esto no se cumple, nuestro dinero se despilfarra en forma de donaciones que nunca se verán plasmadas en mejoras.
Para pensar qué sistema de transporte necesitamos los porteños, primero debemos tener el correcto diagnóstico de la situación, lo que es, en definitiva, un paso en el sentido de una meta que es, seguramente a largo plazo. Meta inalcanzable si el "largo plazo" no empieza en algún momento. Pasos necesarios para que la meta de vivir mejor en la ciudad de Buenos Aires no se transforme en "El cuento de nunca empezar".
Con la colaboración de Juan Manuel Pano y Pablo Morales