martes, 4 de septiembre de 2007

Un pueblo, una Nación, una esperanza…

… y los privilegiados no quieren ser Nación.

Una nación es la expresión de un pueblo. A través del tiempo han existido experiencias en las cuales las sociedades fueron preexistentes al surgimiento de la nación y otras en las cuales el nacimiento de la nación se dio a partir de una parte importante de su pueblo, para terminar siendo la nación constituida la que da forma al pueblo en su conjunto. Esos fenómenos se registraron en Europa y América en los siglos XVIII y XIX.

Lo cierto es que a esta altura tenemos un pueblo que conforma una nación, para lo cual se dio una constitución y sus leyes. La nación se materializa en un Estado que no es solamente su burocracia sino todo el entramado legal y de funcionamiento de la nación en general.

Esto tan simple que estudiamos desde la escuela primaria y que parece una verdad de Perogrullo, sin embargo es necesario recordarlo porque algunos pretenden poner las herramientas por sobre el objetivo, los medios encima de los fines.

Decimos esto porque la libertad de empresa o en general, la economía de mercado no son ni fueron nunca el objetivo para el cual un pueblo se constituye en Nación sino que se trata de instrumentos que dispone el pueblo para lograr sus objetivos.

Entonces, cuando algunos instrumentos propuestos por determinados sectores no alcanzan para que todo el pueblo tenga acceso a la vivienda, a los alimentos, al cuidado de la salud, a la educación, al agua potable, a los servicios de saneamiento, electricidad y demás cuestiones mínimas de confort que hacen a una calidad de vida digna, esos sectores están atentando contra la Nación.

La confianza en las instituciones se logra cuando todos los que integran una nación logran vivir en armonía y con dignidad, cuando a todos les llega la protección constitucional de sus derechos. Y ésas serán las instituciones que debamos construir y defender; las que serán amplias, generosas, inclusivas, siempre dispuestas a tenderle una mano al más débil. No las instituciones del pasado que sólo garantizaron la entrega de nuestros recursos, el saqueo de nuestras riquezas y el empobrecimiento de vastos sectores de nuestra población.

Hay una constante en nuestra historia. Todo gobierno con alguna inclinación popular es sistemáticamente acusado de corrupto, de autoritario, de no respetar a la oposición, de atentar contra las instituciones… Es importante decirlo, porque sin duda debemos bregar por la transparencia, por la sana convivencia y por instituciones sólidas pero todo ello deberá ser con un sentido cada vez más inclusivo y no para el avance de quienes no tienen pruritos en someter a los pobres.

Es vil el argumento que esgrimen los privilegiados y sus escribas cuando hablan de eliminar retenciones, controles de precios, subsidios al transporte o al gasoil, cuando hablan de liberar las tarifas de servicios públicos domiciliarios o de bajar el tipo de cambio. Ésa es la base sobre la cual se está incluyendo a más argentinos en el sistema económico-productivo-social y que permitió la recuperación económica y del empleo. No corresponde replantear la orientación general del gobierno sino cómo se aplican esas políticas, cómo se corrigen los efectos no deseados, quiénes lo hacen y que tan eficientes son haciendo lo suyo.

Debemos estar atentos, porque la oposición en su afán de diferenciarse le erra al vizcachazo y termina siendo funcional a los sectores del empresariado, las finanzas y el campo que generalmente firman acuerdos con el gobierno en público pero por atrás alientan a la oposición para que lo debilite y así aumentar o recuperar sus ganancias extraordinarias.

Deberemos analizar desde dónde continuaremos haciendo nuestro aporte a la política. Tenemos un desafío interesante por delante. Vamos con la alegría y la esperanza de quien está seguro en sus convicciones y lo alienta la vocación de servir a sus semejantes.

Pablo Grasso

No hay comentarios: