martes, 4 de septiembre de 2007

LA COLUMNA DE DON TEODORO


Te presento a don Teodoro, tiene unos sesenta y cinco años, de cara y cuerpo nada especial, podría ser cualquiera de nosotros. Se dejó los bigotes por propia elección y los anteojos por necesidad. Vivió graves problemas que lo llevaron a su situación de soledad y desamparo actual. Todos sus vecinos y él mismo -debido a las tragedias que pasó- apostaron al suicidio. Perdieron no por azar. Teodoro descubrió en su interior una fuerza inconmensurable para luchar por la vida.

Dicen que no le gusta su apodo –don Teodoro- pero nadie conoce su verdadero nombre. El responde al mismo sin chistar, aunque en sus ojos aparece un dejo de tristeza al escucharlo.

Vive hace unos 14 años en la zona de Colegiales -a la vuelta de la estación- frecuenta el café de Lacroze pasando la vía hacia Cabildo, donde lee los diarios. Anda siempre por el club Colegiales y -como vive solo- tiene mucho tiempo para mirar y reflexionar. No le gusta escribir, pero me autorizó a contar su historia, esa que se parece mucho a nuestra propia historia.

Sentate, sentate… (Me decía mientras gesticulaba tratando de lograr la atención del mozo de aquel lugar) Tomate un café y te explico porqué estoy tan ansioso de conversar con vos…

Yo venía del fondo del local, de haber entregado varias revistitas a los parroquianos. Este tipo estaba sentado en la mesa justo al lado de la puerta, había estirado la mano ni bien entré. Apoyé mi celular sobre la mesita. De reojo miré la hora y mi cara se transformó. Una mueca de disgusto dejé entrever. Es que dispongo de poco tiempo. Sin dejarme lugar a la escapatoria, don Teodoro comienza a contarme la razón de su ansiedad.

Mientras camino -sin saber por dónde ni porqué- me siento agotado, frustrado, fracasado y sin capacidad para proseguir. Escucho la frenada del 168, levanto la vista, estoy en Freire y Lacroze -ya muchas cuadras sin sentido- un griterío y un montón de palabras que se amontonan contra mí… no las llego a comprender. Creo ver al chofer desencajado. Continúo mi marcha pensando en que realmente fue una desgracia que el colectivo no me pisó. No hubiera tocado bocina, no hubiera frenado, porqué me vió… ni para esto tengo suerte. La vida –o la muerte- hubieran tomado la decisión por mí.

Discúlpeme, pero estoy apurado. No llego a la facultad. El 67 siempre demora.

Pensar que pensaba en las vías y el tren. Y estuve en el andén viendo uno tras otro. Mitre, Suárez, Mitre, Suárez, Mitre, Suárez, así todo el día. El frente del tren; imponente, atemorizador. Los anteojos se me enturbiaban por las lágrimas. Y pensar. Pensar en la traición de un amigo, pensar en la desgracia familiar que me tocó vivir, pensar en los sueños destruidos, la actual soledad. Pensar en mis errores, en no darme cuenta. Después de tanto, por miedo, por temor, por revancha, por pasión, por deseo de vivir. Decidí continuar… Y en este café encuentro aquí -en la revista que me diste- esta explicación.

Mientras sacude la revista -señalando con el dedo un artículo sobre la resiliencia- suena el celular y lo atiendo. Otra vez ese disquito me recuerda que no pagué la factura. Y contesto: me estás esperando…, ya salgo, ya salgo. Saludo a don Teodoro y escapo, pensando que se acabó mi problema.

Desde hace días no me puedo olvidar de él, y de su historia. Tengo que volver a pasar por ese Café.

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